Pese a que fue una jornada de mucho esfuerzo el día de ayer y bastante irregular la vía, como todos los días nos levantamos a las 530 de la mañana, para esta altura del viaje ya no es necesario poner alarma, simplemente con los primeros rayos del sol y con el objetivo claro de cumplir los kilómetros diarios es suficiente. Nos alistamos y saltamos a la cancha que en nuestro caso es el asfalto; como para no perder la costumbre hoy también teníamos que coronar el páramo, que ya tras 12 días en los andes peruanos, estas se vuelven mucho más asequibles y más que todo conocedores que esta gran dosis de esfuerzo se verá reflejado en un entretenido y relajante descenso.

Al tomar ya la vía en las afueras de Abancay, nos encontramos con una fila interminable de carros que lentamente comenzamos a escurrirnos entre ellos hasta llegar al primero, aquí muy amablemente el policía de carreteras nos explicaba que la vía estará cerrada hasta el mediodía, debido a que como parte de las fiestas de provincialización del Gobierno Regional Apurimac se llevaba a cabo el Chasquitón la competencia atlética más importante de la región, la misma que consistía en una maratón desde Choquequirao hasta Abancay, en donde los atletas vestían atuendos de una sola pieza que les llegaba hasta las rodillas de diferentes colores amarillos, dorados, azules, entre otros, simulando a los épicos chasquis que eran los encargadas del correo dentro del Tahuantinsuyo en el impero Inca, los cuales recorrían estas mismas montañas hace algunos siglos.

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Después de una breve explicación, ya que las bicicletas no representaban ningún peligro para los intrépidos atletas el policía nos permitió pasar, en los primeros kilómetros éramos los dueños de la autopista, pero al cabo de la primera hora observamos un pequeño pelotón que lideraba la carrera que pasaron rápidamente como verdaderas saetas a nuestro lado, y así poco a poco nos íbamos cruzando con muchos de ellos.

Este evento deportivo, novedoso para nosotros por la vestimenta que usaban, hizo que nuestro ascenso sea mucho más entretenido, al darnos cuenta ya el hambre se había hecho presente, nos detuvimos en un restaurant sencillo al margen del carretero, en este sitio se escuchaba a todo volumen radio exitosa, quienes transmitían la competencia y narraban casi afónicos con una euforia incontenible de emoción la victoria de Sergio Rodas oriundo de Abancay quien acababa de romper el record nacional en esa competencia, este efervescente y acalorado relato me recordaba mucho a la primera clasificación de Ecuador a su primer mundial después del certero cabezazo del flaco Kaviedes al ángulo inferior izquierdo después del magistral centro de Aguinaga.

Después de habernos servido el almuerzo y habernos contagio de la algarabía de la gente avanzamos hasta la cima del páramo para deleitarnos parcialmente del imponente nevado Salkantay que celosamente se escondía entre las nubes y la niebla.
Luego de este fugaz avistamiento con la nieve plateada del Salkantay avanzamos por las pampas hasta Ancahuasi, un pueblito pequeño de no más de seis manzanas a la redonda, nos acercamos a la comisaría para pedir hospedaje, pero lamentablemente por la pequeña y precaria construcción no fue factible que se nos dé un espacio, sin embargo no falta siempre un buen samaritano que nos dé una mano, en ese mismo instante Nancy Lenes escucho la negativa que nos daba el policía y nos ofreció su casa que se encontraba 4 kilómetros más abajo en dirección hacia Cusco.

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Seguimos su combi(furgoneta) hasta su casa en nuestras bicicletas, que para esa hora el frío era muy intenso y penetrante, pero gracias a un buen mate de coca brindado por Nancy, poco a poco el cuerpo comenzó a recuperar la temperatura, aquí junto a sus hijos Paúl y Brigitte comenzamos una conversación muy divertida, Ernesto encontró una flauta dulce sobre la mesa del comedor entre lo cuadernos de la escuela de Brigitte y comenzó a entonar una canción lojana la flor zamorana, que a pesar de los años no la había olvidado desde que la aprendió por primera vez en la estudiantina de la escuela.
Nancy nos comentaba que ella junto a su esposo mantenían su hogar proveyendo leche y queso a los hoteles del Cusco, Paúl su hijo mayor de 11 años era el encargado de subir al cerro a ver las vacas todos los días a las 4 de la mañana antes de ir al colegio. Por su parte Brigitte era la que ponía la chispa y la alegría a sus cortos 6 años.

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Y así se termina otro día de pedaleo, donde una vez más nos convencemos que la gente humilde y pobre da todo, de lo poco que tiene; cansados y agradecidos especialmente a Paúl por habernos cedido su cama para pasar la noche nos retiramos a descansar.

Andrés Verdezoto

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